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Su Puta

Titulo: Su Puta.
Fandom: The Green Mile.
Autor/Director: El director es Frank Darabont y el autor de la novela es Stephen King.
Advertencias: Slash, violación, spoilers y malas palabras.
Palabras: 999 palabras.
Raiting: NC-17.
Resumen: Percy cree que puede ganarle a Billy The Kid, lo que no sabe es que Billy es un experto en el arte de doblegar a otros.
Comentarios: La culpa la tiene fujurpreux, quería que escribiera una viñeta para su comunidad.

Hoy era tu noche.

La ejecución del francés estaba cerca y tus colegas te habían puesto a hacer la guardia en un intento de venganza, ya que habías chantajeado al jefe para que te pusiera al frente de la ejecución. Pero a ti no te importaba, porque habías planeado todo durante semanas, ansioso, para que ese día llegara.

Estabas tan feliz que no trataste mal a Delacroix, incluso fuiste amable con Brutus Howell y no respondiste el sarcasmo de Edgecomb. Todo por el bien de tu plan.

Parecías extasiado, cuando te pusiste de pie. Podías oír la respiración de los tres reclusos, dos de ellos dormidos por los somníferos que les diste en la cena, y casi sentir el hedor del idiota que se había atrevido a tocarte. A humillarte. No había día que no pensaras en esas asquerosas manos tocándote y a esa nariz contra su mejilla, su aliento caliente contra tu cuello. No soportabas recordar esa humillación, porque habías tenido tanto miedo que te hiciste en tus pantalones y luego, peor aún, huiste como un cobarde.

Odiabas sus palabras. Y por fin ibas a vengarte.

Esa mañana le habías robado la llave de la celda a Edgecomb. La abriste sigilosamente, haciendo el menor ruido posible. Te quitaste los zapatos, pensando que así tu presencia sería menos perceptible, y sudando a mares, cerraste la celda con llave, escondiendo tu método para salir bajo la cama.

No pudiste evitar sonreír. Nadie se burlaba de Percy Wetmore, nadie. Mucho menos un pendejo condenado a muerte tan despreciable como Billy The Kid.

Cuando llegaste frente a él te detuviste, para sacar tus esposas. Las abriste, y estabas a punto de ponérselas, cuando...

-El maricón llorón quiere hacerse el valiente, ¿verdad?

Abriste los ojos, pero fue demasiado tarde; Billy se volteó con bastante habilidad, como si contuviese toda una bestia dormida dentro de sí, y en unos segundos fuiste quien estaba contra la cama, el peso de ese recluso dificultándote respirar.

Las esposas terminaron recluyéndote a la cama.

Habías perdido otra vez.

-¡Suéltame Wharton! ¡Suéltame hijo de puta!

Recibiste un puñetazo en el estómago y eso te hizo callar, destrozándote la dignidad de paso.

-No me parece. ¿Qué tal si nos divertimos un poco, maricón?

-¡N-no! ¡Su-suéltame!

-Hoy eres mi puta, idiota.- te apretó con fuerza la entrepierna, estabas seguro que casi podría habértela arrancado, pero lo que te aterró fue su mirada. -Si te portas bien no te mataré, ni me iré de esta mierda de lugar, ¿entendiste?

Temblaste violentamente, sabiendo que hablaba en serio.

Lo único que te quedó fue asentir.

-Eres mucho más dócil que muchas otras putas, ¿sabes? Oh sí.

Podías percibir ese hedor a sudor cuando te volteó boca arriba, y se incrementó cuando Billy The Kid se quitó el traje de la prisión, dejando al aire su media erección. Usaste todo tu autocontrol para no hacerte en tus pantalones, porque nunca en tu vida te imaginaste en una situación semejante, mucho menos creíste que tu venganza se voltearía para ser una completa pesadilla, para ti.

Tu cerebro se desconectó cuando ese hombre se subió encima de ti, sosteniendo con una mano su miembro y con la otra acercó tu cabeza a su entrepierna. Cerraste la boca, negándote a lo que pasaría, pero una mano te jaló de los cabellos que orgullosamente cuidabas, hasta que el dolor fue insoportable y gritaste. El pene se metió limpiamente en tu boca, tan profundamente que te dieron arcadas y fue solo un milagro el que no vomitaras sobre tu domador. Porque eras su presa.

-Oh... sí. ¡Que toda entre en tu boca, maricón! !Hasta el fondo!

En realidad tu no hiciste nada, Billy The Kid te tomó con ambas manos el rostro y comenzó a penetrarte con todas sus fuerzas, golpeándote a cada embestida con el borde de la cama. La tortura continuó hasta que tu garganta, tus dientes y tu lengua se acalambraron y con repudio a ti mismo, descubriste que echaste en falta ese miembro cuando salió de tu boca.

-No lo eches en falta, hijo de perra.- fue la voz de tu violador, al parecer notando que tu cuerpo respondía de la misma forma. - Ya la tendrás dentro de nuevo.

Violentamente te bajó los pantalones, y con tu mano libre intentaste evitar que te volviese a poner boca abajo: sabías lo que pasaría.

Pero todos tus intentos fueron inútiles.

-Sabía que querías mi pene dentro de ti, maricón.

Nunca habías sentido algo más doloroso que el ser penetrado así. El miembro erecto de ese violador entró de golpe, desgarrándote el ano, y no gritaste porque tu boca estaba contra la almohada, pero esa noche moriste del dolor que Billy The Kid te causó.

Diez minutos después todo dejó de doler, y comenzaste a disfrutarlo, para tu propio horror.

El movimiento era desesperado, rápido y salvaje, pero Wharton parecía que nunca acabaría. Te tenía abrazado por la cintura y sujetándote de los cabellos te acercaba y alejaba con fuerza, en estocadas que bien parecían apunto acabar, y nunca lo hacían. Te mordiste los labios cuando comenzaste a gemir y a jadear como una puta, pero eso causó risas en tu violador, porque aumentó el ritmo.

-¡Me vengo!

Así fue, un líquido espeso te inundó por dentro y se escapó de tu ano, justo cuando Billy The Kid se alejó, jadeando y sudando por el esfuerzo. Tu temblaste patéticamente en la cama, hasta que lograste moverte y ponerte correctamente el pantalón.

Huiste cuando te soltó, usando las llaves que tenías en tus pantalones para abrir las esposas y tropezando, tomaste la llave de la celda y saliste, cerrándola rápidamente, marcando distancia entre ambos.

Al alzar la vista viste a ese hombre frente a frente, y no esperaste que te tomara del rostro, acercándote, para besarte hasta hacerte sangrar la lengua.

-Un regalo por tus servicios.

Y saliste corriendo a la oficina, como un cobarde otra vez, con el rabo entre las patas.

Al final habías sido su puta.
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